domingo, 15 de enero de 2012

Manoletinas de oficina




Con la voz envuelta en su prepotente capote de grana y oro, me llama.
Me recibe en su despacho a puerta gayola mientras yo intento eludir su brío tras el burladero de mi orgullo.
Pretende hacerme entrar al trapo, templando mi embestida.
Lo hace con clase, con elegancia, como sólo saben hacer los grandes, los de casta y trapío.
Acabo sucumbiendo. El sabe mandar, sabe templar.
Humillo mi testuz, le muestro desarropada mi punto débil.
- Aquí estoy, haz lo que debas.
Percibo como su taleguilla se endurece, cómo se excita su bravura.
El frío de la espada se mezcla con el agitado ardor de mi sangre.
Jadeo sobre el albero. Él sonríe.
Una inoportuna llamada telefónica nos devuelve a cada uno a su sitio. A mí a los toriles, a él a la puerta grande.



Fotografía cedida por Ana García. Os dejo el enlace a su blog. Simplemente, maravilloso.

miércoles, 4 de enero de 2012

M-ateo (8-17)

No soy digna de que entres en mi casa,
pero una caricia tuya bastará para sanarme.
Amen (sin acento en la e, claro)



miércoles, 28 de diciembre de 2011

Fruto de mi vientre


Raíces que me atan a la tierra,
Sonrisas con sabor a hierbabuena. 

Trazos por plasmar,
Versos por esbozar,
Líneas divergentes,
Unidas por el verbo amar

vidas cosidas sin hilo,
puntadas rallando este vinilo...
Click, Te quiero
Click, Te quiero
Click, Te quiero


sábado, 10 de diciembre de 2011

Ausencias


Solía esperarle sentada frente a la ventana.
Aquella noche, como tantas otras… no llegó.
Buscó el hueco del colchón que dejó su ausencia,
lo notó más cálido que de costumbre.


martes, 15 de noviembre de 2011

Humus


El crujir de las hojas bajo mis pies,
advierte a los árboles de mi llegada.
Cada uno alberga un diccionario en su corteza,
con extrañas palabras que salen a mi encuentro.

Las letras cobran vida,
comienzan a reptar por mis piernas,
se cuelan por debajo de mi ropa.

Quieren desvelarme el secreto de tus silencios,
Escribir en mi piel tus caricias.



domingo, 6 de noviembre de 2011

Rememofagia


Y nada más existió hasta el próximo tren.
Acomodada en el andén, observó a la luna cubriéndose con un manto metálico, deslumbrante, afilado. Como el bisturí con el que disecciona sus recuerdos minuciosamente. Para engullirlos, digerirlos, tratar de asimilarlos sin atragantarse.
El silbido del siguiente tren quebró la atmósfera. 
Su complejo proceso de digestión había finalizado.
Aquellos ojos color miel se apearon frente a ella. 
Le abrieron nuevamente el apetito.