El amanecer se perfilaba angosto, de aire denso, corrompido; mi hermano no
cesaba de gimotear en la cuna que algún día fue mía. Olía mal, a babas, a restos de leche en su pijama, a
heces. Traté de avisar a mis padres, pero no me atreví a abrir su puerta. La
música espantaba hasta a la mugre que se había hecho fuerte en la madera, el
humo del tabaco se colaba por las bisagras y el hedor del whisky irritaba
nuevamente mi pituitaria.
Volví a la habitación pasando primero por la cocina. Unas
tijeras con las que mamá despiezaba el pescado me servirían.
Corté su dedo pulgar, para que dejara de chupárselo, para
que no encontrara consuelo y lloró. Fuerte, enérgico, con hipo. No fue
suficiente, la risa histriónica de mi madre envolvía el eco del bebé. Traté de contar ovejas para dormir, pero
preferí sus dedos. Tomé su otro pulgar.
-8, qué bonito. Como el infinito al revés.
Este relato ha sido seleccionado para esta antología homenaje a Charles Bukowski. La noticia ha sido aún más agradable al saber que comparto publicación con Miguel Jiménez Salvador, Purificación Menaya y Nicolás Jarque entre otros. Un lujo.

.jpg)



