El beso comienza en los ojos, en la observación acechante de
la parte antagonista, en la enajenación mental, que discurre como aguacero por las
terminaciones nerviosas, al atisbar la boca rival.
Evidente resulta tras
esta introducción, que es imprescindible situarse frente al contendiente,
siempre con el rostro ladeado, al objeto de salvar el obstáculo que constituye
la nariz por pequeña que ésta sea. Ojo, nunca los dos hacia el mismo lado, ya
que podría producirse el "efecto espejo" no deseado.
Si el beso conmueve, envuelve y revuelve, es imprescindible
el uso de las manos. Enredadas en el cabello, acariciando dulcemente la espalda o si la pasión atormenta, adhiriendo
fuertemente el otro cuerpo al de uno mismo.
Llegado el momento cumbre del acercamiento labial, se debe
hacer uso de ciertas armas como la improvisación, el juego y el deseo; Pero si
además, se le adereza con eso con que los poetas llaman amor, el sentimiento es
sin duda, Sublime.




